Michael Turner
Mostrando entradas con la etiqueta Relato oscuro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato oscuro. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de diciembre de 2019

LAS MUJERES DE MARCOS


La sala está llena de gente, varios familiares, muchos amigos. Al fondo, hay una enorme cristalera, al otro lado de esta, coronas y ramos hechos con crisantemos, gladiolos y claveles rodean un ataúd abierto de madera maciza. Hoy es el funeral de Marcos Román, un hombre de cuarenta y dos años que se ha suicidado con pastillas y alcohol.  Su rostro esta relajado, el maquillador ha hecho un gran trabajo, como dirán algunos presentes  “parece muy sereno”, palabras necesarias, palabras que templan y alivian el miedo del vivo a la muerte,  él que sobrevive necesita ver a su ser amado en paz, creer que él que se fue está bien.
Frente al cuerpo sin vida una mujer llora. Con cierto nerviosismo arruga con una de las manos el vestido rosa palo que lleva,  un color inusual para un funeral y sin embargo, no es discordante por ser la tonalidad “más triste” dentro de la gama del rosa así como por la elegancia con que lo lleva.  Su sonrojado rostro  inspira serenidad  a pesar de la pena que acompaña su intensa mirada.
A su lado se coloca otra mujer más baja y bastante delgada, a diferencia de la anterior  su piel es pálida, su mirada esta perdida, tiene las uñas destrozadas y su vestido, aunque negro como dicta la norma, está desgastado.  Dirige la vista hacía la otra:

miércoles, 28 de noviembre de 2012

MI AMOR



Fuego, lava, rocas, sangre, abismo.
Unos dedos agrietados con las uñas rotas sujetan como pueden un cuerpo magullado y maltrecho a punto de caer al vacío. Bajo los pies cientos de almas alzan su voz por encima del terror que cubre la piel, ecos sordos aúllan el fin, miles de brazos tratan de aferrarse a la carne con el único pretexto de desmenuzar las entrañas, de eliminar el  aliento.
Tras una columna se esconde ella, el amor en estado puro. Contempla la escena con el agua arañando sus ojos. Las piedras caen en torno a  su figura. El agua emula cataratas, resbala por las rocas de sus pómulos. Quizá no vuelva a disfrutar de su extraña belleza, quizás al cerrarse el corazón olvide su esencia y con ella se desvanezcan las formas hasta reducirse todo a un borroso silencio.

jueves, 24 de mayo de 2012

Yo era un niño bueno y amable y dulce...


En mis fiestas de cumpleaños, Ellos.
En las Navidades, Ellos.
En las vacaciones de verano, Ellos.

Ha sido así desde que recuerdo. Cuando era niño creía que era todo azul y hermoso y brillante; soñaba con meterlos en una burbuja y hacerlos volar lejos, muy lejos de mí. Pero las burbujas son frágiles y se rompen con facilidad, era una fantasía, un pensamiento hecho sin reflexionar, una idea infantil sin peso alguno.
Yo era un niño bueno y amable y dulce y estaba cansado de las borracheras de papá y de los gritos de mamá y de los lloros de mis hermanos y de las patadas que me propinaba cada uno de ellos cuando necesitaba desquitarse.
Cuando estaba solo era feliz.

martes, 16 de noviembre de 2010

Allí donde solía verte


Allí donde solía verte reír me fijé en ti, tan niña, tan dulce.
Allí donde solía verte llorar me enamoré de ti, tan frágil, tan bella.
Allí donde solía verte gritar llegué a quererte, tan compleja, tan diferente.
Qué lástima que allí donde solía verte fuese un zulo de dos por dos en el que dormías, comías y vivías mientras unos señores se entretenían aventurando, desde el campo de la psiquiatría, que es lo que le pasaba a tu cerebro. Podría haberles dicho que eras maravillosa, el ser más hermoso que jamás pisaría la tierra, pero ¿habrían hecho caso de un celador como yo?, ¿o me habrían tomado también por loco?
Allí donde solía verte reír, llorar y gritar ahora sólo queda una mancha de la sangre que vertiste de tu femoral.



miércoles, 15 de septiembre de 2010

Muñeca Rota


La cámara nos va a mostrar un pequeño retazo de la vida en esta ciudad, Madrid. Elige caminar de madrugada, esconderse tras una esquina y observar a un grupo que esta sentado en una plaza. Dos de los integrantes se levantan y despiden del resto. Son un chico y una chica, él lleva una bicicleta. Caminan juntos. Los jóvenes se miran con complicidad, parece que la cámara he decidido dejarnos ver una historia bonita, de esas que uno quiere vivir. El objetivo se acerca más y más, tanto que de pronto formamos parte de la existencia de la pareja. El se esta haciendo el interesante hablando de un tipo nuevo de bicicleta, ella asiente y sonríe sin entender bien las explicaciones. Ambos están ebrios. Llegan, llegamos, a un portal. El toma las llaves y abre una enorme puerta antigua. Ella duda, tonteando le dice “¿no serás un psicópata, verdad?” El se ríe “puedes confiar” Estas frases nos descubren en contra de lo que habíamos creído hace escasos momentos que son desconocidos. Dos desconocidos que se han cruzado fugazmente en las calles de Madrid.

miércoles, 14 de julio de 2010

¿Pesadilla?

De sus entrañas surgió, de sus miedos se alimentó.



Es de noche. No hay gente. Ángela camina por la calle. Su carne se mezcla con el viento. El hedor que este trae consigo apesta sus cabellos. A su derecha unas rejas la separan de un parque nevado de hojas. Lleva rato escuchando el continuo castañear de unos dientes ajenos a los suyos. Trata de acelerar el paso, pero le es imposible, siempre se encuentra en el mismo sitio.
Ángela se queda estática, observando a aquel que la acecha con un rostro definido por la mirada enajenada y la sonrisa rota. Escondido tras las rejas, le regala una sonrisa serrada a la par que le enseña los ojos del mal, dos focos de malsana negrura. En un instante, su cuerpo extremadamente delgado y maltrecho se alza por encima de las sombras, se coloca sobre la joven. La envuelve. Le arrebata el aliento.
Ángela despierta empapada de sudor. Sólo ha sido una pesadilla. Gira sobre sí misma, buscando un lugar entre las sabanas. Al recostar la cabeza sobre la almohada sus ojos se cruzan con una mirada enajenada ya conocida.
Son las tres de la madrugada. La hora del diablo.


martes, 29 de junio de 2010

Nudos (título alternativo: Dualismo)


Deseo morirme.
No hay un gran motivo detrás. No hay un amor frustrado, una soledad inmensa o una enfermedad incurable. Es simplemente que en mi diccionario personal una palabra eclipsa al resto: DESIDIA. No tengo ganas de soñar o de amar. No deseo viajar o conocer. Sólo DESIDIA. La única motivación que tengo cada mañana al abrir los ojos es lograr cerrarlos para siempre.
Llevo años cortándome las venas. Mi alma lo tiene claro, quiere morir. Mi parte carnal está más confusa, de hecho, me lo niega, se rebela, lucha por prevalecer. Esto lo descubrí con catorce años en “mi primera vez”.
Apoyada en la bañera vacía y con los brazos colgando sobre ella me abrí las venas. Un corte transversal, la sangre resbaló suavemente por mi piel y luego cayó como una pequeña cascada sobre el fondo blanco de la bañera. En aquel entonces no sabía que un corte horizontal es más efectivo. También desconocía que para morir rápido la mejor opción es seccionar la arteria femoral. Falta de información, cosas de niños. Absorta, observaba como la sangre manchaba la porcelana. De pronto, sin aviso, sucedió algo inconcebible: ¡las venas se me hicieron nudos! Lo juro, no miento. Las sentí tirando de sus lados sueltos, las vi pugnando por alcanzarse y enlazarse en el aire. Los extremos hicieron nudos y estos desaparecieron en el interior de las vías. Durante el proceso noté un dolor similar a cuando te clavan una aguja en el brazo y la mueven dentro intentando dar con la vena. Más intenso, más penetrante. Después mis ojos se cerraron.
Posiblemente la sangre se ha coagulado creando tapones, la próxima vez no serás tan afortunada así que estate quietecita” El médico me recriminaba, mis padres lloraban, yo ante ese espectáculo ansiaba matarme.
Y desde aquel lejano día hasta hoy. Quiero sentir como el peso de la vida se convierte en levedad, y sólo a través de la tinta roja que todo lo ensucia, tengo esa sensación. Se ha vuelto una obsesión, Quiero secarme, no tener ni una gota de vida dentro. Con tal propósito he usado cuchillas, cuchillos, e incluso tijeras. Pero las venas siempre se atan formando nudos. Mis padres están enfadados. Cansados de esconder posibles armas, de comer con cubiertos de plástico, de encontrarme tirada sobre charcos de sangre, de intentar no dejarme sola un segundo, de gritarme que estoy enferma. Al final les he agotado y me han internado en un centro a ver si abandono mi entretenido hobby y me “curo”. Ahora no puedo cortarme las venas, me tienen vigilada. Se podría decir que mi cuerpo ha ganando todas las batallas. He desistido, he caído en la cuenta de que a pesar de sus victorias es inevitable, tarde o temprano mi alma y el tiempo ganarán la guerra y la muerte llegará por sí sola. No hace falta que me esfuerce tanto.

martes, 20 de abril de 2010

En el trastero


Me había mudado hacía tres meses exactos. El barrio y el piso eran adecuados para un soltero recién emancipado como yo. Me gustaba la luminosidad que tenían las estancias y los parques que había cerca del edificio. No existía nada que me desagradase. Miento. Los vecinos. Los tres vecinos que había conocido me disgustaban. Una sensación incomoda me acechaba en su presencia. Al cruzarme con cualquiera de ellos me venía a la cabeza Polanski y sus películas “el quimérico inquilino” y “la semilla del mal”.

Eran las ocho de la mañana. Sobre esa hora solía bajar al trastero para coger la bicicleta e irme al trabajo pedaleando. Nunca había tenido un trastero bajo la concepción de la ciudad. Mi casa, la casa de mis padres, era una casona de campo, donde cualquier lugar servía para dejar las cosas que no ibas a usar por largo tiempo. La primera vez que vi ese montón de pasillos laberínticos y las hileras de puertas me sorprendió mucho. No pude evitar pensar en qué tipo de pertenencias dejarían los dueños tras las puertas y bajo llave. Si mis vecinos fuesen dulces, alegres y cercanos fantasearía con la idea de que en cada pequeño cubículo habitaban unicornios y ropas de colores. Como, en general, eran personas amargadas y distantes, caminar entre sus pertenencias resultaba tenebroso, sobre todo caminar por delante de la puerta de Clarice.

lunes, 1 de marzo de 2010

Adoración deforme

(dibujo de Goya)

Sobre la mesa descansa mi asfixia emocional. Sobre los folios, charcos impregnados del aroma que desprende la muerte, tu muerte.
Dolor, océanos que vienen y van con la desdicha acontecida. El instante en que perdí el brillo de tus ojos mi corazón se partió como el cristal. Esparcidos los pedazos ansío el regreso de tu movimiento.
No volveré a deleitarme con el sabor de tu sonrisa, no recorreré de nuevo tu médula… No olvidaré otra vez nuestro aniversario. No importa el tiempo que pase, en mí siempre estarás tú alimentándote de las entrañas de este hombre enamorado.

Ojalá todo fuera distinto.
Ojalá no te hubiese sorprendido entre sedas y lirios gritando un nombre que era ajeno al mío. Ojalá no tuviese este genio que tanto me has criticado, esa agresividad que tantas veces nos ha llevado a las lágrimas y aquella frialdad que me ayudaba y convertía en alumno aventajado de Maquiavelo.

Así, tu cuerpo no yacería marchito sobre nuestro caro mármol. Así, tu sangre no empaparía la camisa y los pantalones que elegí llevar para el funesto momento. Y así, ni tu piel ni mi alma habrían sido desgarradas.

lunes, 1 de febrero de 2010

El Quinto Espejo

Bajo el acero cuchillas rasgan un cuerpo aterido por un frío que perfora los huesos. Ensangrentado el cabello por lágrimas celestiales y heridos los pies por el contacto con el granito; busca desesperada un lugar donde cobijarse.
Dentro de su turbación surge un momento lúcido que la descubre en una calle vacía, lúgubre, con apenas unos farolillos alumbrando la piedra. Al fondo, un toldo. Debajo, una claridad inusual. Corre veloz hasta revelar el secreto: Cinco espejos iluminados tras un cristal. En cada uno de ellos, una parte de sí misma:
En el primero, la chica alegre, audaz y ávida por conocer todo lo que la rodea.
En el segundo, la chica triste, cansada, conmovida por las heridas de su propio corazón.
En el tercero, “la niña inocente” arropada por las telas de su progenie.
En el cuarto, “la mujer” despojada de sus sueños e ilusiones.
Y en el quinto, en el quinto “el monstruo”.