Un
oscuro infinito salpicado de intensas luces condensadas en puntos precisos,
diminutos e innumerables, entre ellos, una con una belleza inmensa, una, cuyo
calor y luz permitieron la existencia de la vida terrestre siglos atrás. Bajo su hegemonía el viento suave baila entre
rojos y verdes intentando escapar de la materia, en ese esfuerzo algunas hojas
son arrancadas de su madre para caer en una superficie transparente y fría
habitada por seres de colores. Uno de los rayos enfoca a nuestro protagonista,
Kishimoto.
Kishimoto
quiere sentirse como ese viento que solo desea ser libre, como esos árboles
robustos y frondosos cuyas ramas ondulan el cielo, como esas hojas que caen
delicadamente sobre el agua; como el agua, tranquila pero impredecible.
Pero
Kishimoto no puede caminar desde los doce años, cuando un accidente de coche
inutilizó sus piernas.
Kishimoto
desea tener las manos libres y no sujetas a un ser de metal, llevar un ramo de
flores, una chaqueta o simplemente mover
los brazos de un lado a otro al caminar. Desea
recorrer grandes distancias con sus piernas, especialmente la distancia
que hay entre la casa de la chica que ama y la suya. Desea Comprar en el camino
un par de entradas al cine con su torso a la altura de los demás, sin que el
taquillero tenga que inclinar la cabeza para averiguar quién le habla. Desea
llamar al timbre de Suzuko, la chica que ama, y que ésta, al verle, le abrace
con emoción y ternura, que el frágil cuerpo de ella quede apresado en un cuerpo
más alto, más fuerte, el de él.
Pero
Kishimoto es paralítico.
Kishimoto
desea andar por Shinjuku tomando “ramen”, montar en bicicleta, viajar sin que
nadie tenga que poner la dichosa trampilla necesaria para subir la silla. Desea
alcanzar las naranjas de los arboles que descubrió en su último viaje a España,
desea trepar como un mono, andar por las ramas como una ardilla, nadar como un delfín, correr
como una gacela, bajar o subir escaleras como un canguro.
Pero
Kishimoto, ya sabes, no puede andar. La silla ha sido su infatigable compañera
desde hace 15 años. Aun así desde el primer día en que despertó en la cama del
hospital hasta el día de hoy ha hecho lo
posible y lo imposible por levantarse de ella. Los médicos reconocen su
indudable valor.
Kishimoto
desea llevar a su familia en coche a algún bello paraje. Desea agradecer a su
madre todo lo que ha hecho por él, cogerla en brazos y decirle cuánto la
quiere. Desea tomar a “onee-chan” de la mano y jugar con ella a elevar una
cometa y hacerla volar. Desea jugar al futbol o al baloncesto con sus amigos,
está un poco aburrido del “go”, quiere acción.
Kishimoto,
cada mañana dedica varias horas a la meditación. Dice que le ayuda a sentirse
en calma consigo mismo, el resto del tiempo lo emplea en tener una vida plena
independientemente de su discapacidad. Pero cada segundo desea, y desea con
intensidad.
Kishimoto
es un soñador, sus anhelos le dan la energía para vivir con una sonrisa, con
alegría en el corazón. Estos desean ganar un Oscar, esos encontrar el amor, aquellos hacerse
ricos. Cada persona, un sueño. Cada sueño una manera de encontrar sentido a la
existencia, de enfrentarse a un destino desconocido. El mero hecho de convertir
a ese desconocido en un amigo, y no un enemigo, en el sendero que elegimos
supone toda una proeza.
Kishimoto
desea andar más que nada en este mundo. Y hoy bajo un rayo de nuestra estrella,
ha dejado su silla atrás y sus pies han comenzado a caminar. Con esfuerzo pero
con pasión. Cada paso ha removido la arena pisada, como si de la luna se
tratase “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”,
en el caso que nos concierne el gran paso ha sido para los soñadores, esos que
no pierden nunca la esperanza de alcanzar sus deseos, esos que siguen creyendo en las rosas azules y en el
alma de las mariposas.
Kishimoto
se ha elevado como una cometa, ha volado como el viento libre, ha bailado con
el cielo y la tierra, ha caído como una hoja y se ha levantado con la fuerza de las olas al romper
contra las rocas. Ha surcado mares y océanos, ha alcanzado la luna con las
uñas. Se ha enfrentado en una lucha contra el destino con una “Sakabatou”*,
como su héroe Kenshin*, y ha salido airoso, una victoria sin heridas en
ningún bando, un pacto de honor.
Hoy
Kishimoto ha hecho todo esto sin moverse. Ha experimentado su primer “Satori”*.
Como si su “Koan”* en lugar del clásico: “dime alumno, ¿cómo suena
una palmada dada con una sola mano?”, plantease: “¿Cómo se puede caminar
con piernas sin tenerlas?”
Ahora
sabe como andar sin sus extremidades.
A
partir de hoy correrá, volará. Hará cuanto desee porque el alma de Kishimoto ha
encontrado la respuesta, la forma de hacer realidad lo imposible.
Beber
agua sin sal del mar. Escalar el Himalaya sin esfuerzo. Respirar sin oxigeno.
Ser agua, tierra, fuego…
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Sakabatou: espada con
el reverso afilado, es decir, su filo esta invertido.
Onee-chan:
Hermana pequeña

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