Me llamo Salvador. Hasta hace poco no era más que la triste imitación de un ser monstruoso. Mi altura y peso formaban un conjunto de carne a primera vista normal, a segunda, llena de heridas. Mis ojos lucían una desesperación negra. En mis brazos se abrían paso unas manos grotescas que marcarían mi existencia. Déjame que te cuente de donde viene mi dolor y de donde mi dicha posterior.
“La Ciudad de la Inocencia”
Cuando
era pequeño todos cuantos residían en la ciudad de la inocencia me llamaban
bicho o mullido. Afortunadamente cuando eres tan pequeño, el no saber te hace
fuerte sin querer, aceptas todas las piedras que te lanzan porque no te crean
rasguños. No obstante, es algo aparente, en realidad las heridas son guardadas
en el corazón y preservadas la mente, tarde o temprano surgen.
Yo
no terminaba de ver en que me diferenciaba de los demás. No es que no
advirtiese mis dedos torcidos y contraídos en una mueca de terror, es
simplemente que no creía que esta fuese causa suficiente para humillarme del
modo en que lo hacían. Al niño tartamudo nunca le dijeron nada, ni tampoco a
otro que siempre andaba rascándose la cabeza por ser nido de piojos. El hecho
de que no tomase muy en serio sus insultos y amenazas de mis compañeros hizo
que me odiasen más. A menudo me gritaban:


